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Ayuntamiento de Aberin - Muniain

Ayuntamiento de Aberin - Muniain
Por Miguillen, via Wikimedia Commons
  • Direccion: C/ Mayor, nº35
  • Provincia: Navarra
  • Población: Aberin - Muniain
  • Código postal: 31264
  • Alcalde: DAVID ARNEDILLO URRICELQUI
  • Partido gobernante: A.I.L.S
  • Habitantes: 368
  • Fax: 948551992
  • Página web: www.aberin-muniain.org

Aberin - Muniain

Aberin es un municipio situado en la Comunidad Foral de Navarra (España), en la merindad de Estella, a 50 km de la capital de esta comunidad (Pamplona). El municipio está formado por los lugares de Muniáin de la Solana, Aberin, el caserío de Arínzano y el despoblado de Echávarri. Aunque Aberin es el que da el nombre al municipio, en Muniáin vive casi el 80% de la población y se halla el ayuntamiento.

Situación del Ayuntamiento de Aberin - Muniain

El tiempo en Aberin - Muniain

Comentarios

J
José Luis gonzales
Hace 5 meses
hola quiero información soy colombiano y estoy en suecia anelo uno oportunidad de ir ha trabajar y emprender algo en españa tengo disponibilidad de viajar inmediatamente que debo hacer quiero que me ayuden gracias
A
Andreaines
Hace 23 meses
Hola soy y uruguaya y me encanto su pueblo me encantaría irme con mi flia.a vivir de un todo
t
tatxin
Hace 51 meses
San SebastiánNo sé, para empezar, no sé cómo contarlo. Estábamos, que sí, que esa noche, nos acostamos con frio, con ese frio que hacía muchos años no recordaba que lo había pasado. Había llegado de otro entorno, pero estaba en mi pueblo, ese de mi niñez, ese de mis recuerdos, los míos posesivos y de ilusionar a mi más íntimo pesar. Porque pesaban los años que no había regresado. Y sobre todo, lo que me había perdido en mi hábitat natural en que había crecido. La familia, mis tíos, mis primos, me recibieron como siempre, como algo querido. Como algo que fugazmente se perdió en una tormenta y regreso sonriente como de un descuido. Sentía lo que merodeaba como algo mío, algo que siempre lleve con migo. Esa noche, las campanadas del reloj de la torre, fueron mías. Primero tañían limpias, serenas pero dos horas más tarde, eran roncas, sin el eco amplio de la noche, más íntimas y susurrantes, más insinuantes. Me lo decían muy claro, ¡había nevado! Mire por la ventana y me quede extasiado viendo la ventisca, sintiendo el frio y ese vacío que arrastraba en años vividos en otros lugares que no eran los míos. Cuando tiritando reaccione, cerré la ventana como si cubriera un cuadro con una sábana. Y sí, sí que lo disfrute en esa noche dura de enero, que era lo que tocaba. Mis sueños se tornaron revueltos con monte y nieve, con la ermita en lo alto y que no llegaba al almuerzo.Pero había tiempo de desperezarse para otear el horizonte de esa mañana 20 de enero nevada y muy clara, con vistas que ni recordaba, porque después de nevar, el horizonte se vuelve mucho más lejano, más amplio y limpio, como mi ilusión que acarreaba en mi deambular por otros derroteros, que no es que fueran malos, pero los míos, esos los tenia esta mañana en mis pupilas, en mis sentidos, en el frio que tanto anhelaba de una mañana de enero. Y me calce las botas. Me cale la txapela y comencé mi camino. Un camino ascendente y todo eran saludos, con unos y con otros, con amigos y parientes, con amores difusos de niñez y casi mozo. Había que subir a la ermita de San Sebastián, esa que está en la falda de Jurramendi, montejurra delos tres picos. La vista de montejurra desde la plaza de San Ramón, junto a su ermita, es la mejor vista que yo recuerdo desde mi niñez, desde mi pueblo, Muniain de la Solana, nada menos. Y esa mañana estaba el monte precioso con su manto de gala blanco, esperando la romería que ya subíamos. Camino de la balsa en falso llano, se coge el ritmo de subida antes de la cuesta liza, que esa te hace sudar y quitarte ropa de abrigo, miras hacia atrás y el pueblo está más abajo y un reguero de romeras y romeros dejamos las huellas en la nieve del camino. Coronando la cuesta liza, se escucha la campana de la ermita que no calla ni un instante, anunciando que las hogueras están listas y pronto será la misa. Seguimos el camino que se suaviza hasta el raso, donde la cuesta remonta cada vez más empinada para pasar bajo esos lencinos de cientos de años, que tras haber esquivado varios incendios del monte, les dan un porte señorial, casi místico. Y busco con la mirada, en la otra ladera la cueva del gato. Con su fachada de una sola piedra, vertical y raída por las inclemencias, pero orgullosa como siempre, vigilando nuestro camino. Uno se sofoca y observa el vaho que todos expulsamos con la respiración entrecortada, por el camino tan exigente del último tramo, duro repecho entre los lencinos. Ya sentimos el humo de las hogueras y el campanillo que no calla, llegamos a la ermita, en su pequeña explanada hay dos grandes hogueras, que derriten la nieve alrededor y nos secan el sudor. Y ahí sigue la ermita de San Sebastián, con su fachada blanca y sus tejados tan antiguos, arrimada a la peña, dejando un estrecho camino. Es un entorno mágico, incluso diría que con su particular microclima protegido de los fuertes vientos dominantes al abrigo del monte con su fachada orientada al sur-este, recibiendo al sol de la mañana de frente, invitando al reencuentro de tantos que como yo, volvemos a nuestras raíces. Es la fiesta en el monte, es la misa y después el almuerzo, el olor del txorizo asado en las brasas de las hogueras, el murmullo de tanta gente, y los porrones y jarros de vino, que no paran, que nos inunda de alegría en la fría mañana. Lo mejor de todo, la gente. Esa de toda la vida, esa que tantos recuerdos suscita, que nos ha visto crecer y que hemos compartido tantas vivencias desde muy niños. Los que llevamos años fuera del pueblo lo vivimos intensamente, como queriendo recuperar años perdidos, que no vuelven, ya que los gastamos en otros lugares, con mejor o peor fortuna, eso no cuenta, lo que cuenta es que hemos vuelto y estamos entre los nuestros. Pasan las horas en un deambular de un amigo a otro pariente y a esa chica que tanto me gusto en su día y que tan poco se de ella. Así es la fiesta de invierno de mi pueblo, en el monte con su ermita y sus gentes, con una campana pequeña que no calla y que todo el mundo debe tocarla, solo por tradición y ella orgullosa se deja querer. Y desde el campanario observa al gentío que disfruta de algo suyo tradicional y que ansían perdure en el tiempo como algo sin par. Brindo por las fiestas de San Sebastianes. Los de mi pueblo.

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